El Cuenco de Baubo

Espacio del ÚTERO, la casa de todos.

Cuentos

EL DESEO

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Cuento Sufi

Recreación de Ana Barrios Camponovo

Antes de entrar en este  cuento sufí, breve, hermoso y con un sutil grado de humor, me vais a permitir que formule algunas preguntas. Las lanzo al aire, al éter, por si alguna brisa, algún o alguna entidad astral o material me regala las respuestas.

¿De dónde nacen los deseos? ¿Es lo mismo un sueño que un deseo? ¿Cómo se define la palabra “deseo”? ¿Cuál es su origen etimológico? ¿Es bueno o es malo desear…?

Son muchas y dispares las preguntas, al menos eso me parece. Voy a responder sólo algunas, las otras serán para que tú las sientas en tu interior.

¿Qué nos dice el origen de esta palabra? En latín:

Considerare significaba ‘contemplar las estrelas’, ‘contemplar el firmamento’ para adaptar las labores del campo a las condiciones atmosféricas más favorables a la cosecha. Con-siderare viene de sidus, como contemplare de templum.

Desiderare significaba ‘esperar algo de las estrellas’, ‘pedir el tiempo o las condiciones atmosféricas favorables al crecimiento de las plantas’ –de coelo auspicare, petere, signum daré–A contemplatione siderum.

Ambas palabras contienen la raíz sidus ‘estrella’, ‘constelación celeste’.

En español, Corominas, nos dice que la palabra Deseo deriva del sustantivo latino desidium ‘placer erótico’, derivado del sustantivo clásico desidia ‘indolencia, pereza’ y éste del verbo latino desideo ‘estar sentado sin hacer nada’, ‘no dar golpe’, ‘estar mirando para el aire’, ‘estar papando moscas’, ‘estar pensando en las musarañas’, ‘estar(se) con los brazos cruzados’. El sustantivo latino desidia tomó ya en la Antigüedad el significado de ‘libertinaje’, ‘voluptuosidad’, conforme a la doctrina moral de que la ociosidad es el incentivo de la lujuria; como dice el refrán:

La ociosidad es la madre de todos los vicios.

Los vocablos franceses désir désirer son semánticamente interesantes: vienen del latín desiderium desiderare ‘mirar hacia el cielo, hacia las estrellas o astros (sidera ‘objetos relucientes’) buscando señales’. El término proviene del lenguaje de la adivinación.

Sin embargo, el término español deseo viene, como vimos, de desidia ‘ociosidad, holgazanería’ y tiene la connotación de ‘vicio, de lujuria, libertinaje, voluptuosidad’, es decir, tiene ciertas connotaciones morales negativas. 

El pescador y la botella mágica

Un pescador salió a echar la red cuando aún era de noche. El cielo resplandecía de estrellas y el mar estaba calmo y silencioso. Con suavidad rítmica las olas acariciaban la orilla.
Como de costumbre, el pescador deslizó la barca mar adentro subiendo en ella de un salto. Lo demás lo hicieron los remos sin alterar la perfección de aquella madrugada. Llegado al sitio de rutina sin hacer especiales esfuerzos, el hombre echó el ancla y dejó caer la red. Lió el tabaco con la parsimonia de quien contempla la vida sabiendo que está de su parte, y se dispuso a esperar unos minutos.
Mirando el humo detenerse en el aire, sonrío. Quizás le sorprendiera la inmovilidad inmensa que le rodeaba. La costa estaba cerca. Las estrellas titilaban sin percatarse de la aurora. La claridad empezaba a dejarlas apenas dibujadas bajo la luz recién nacida de la mañana.
El pescador suspiró satisfecho y comenzó a traer la red con lentitud. Fue sacando algunos peces de tamaño adecuado y, al fondo, entre los cuerpos vivos y plateados, encontró una botella de cobre con el tapón de plomo. Parecía muy antigua.
Aunque sintió palpitar su corazón, guardó el pescado en sus cajas con el mayor esmero. Y ya teniendo resuelta la jornada se dispuso a atender a aquella otra pesca extraña. Tomó la botella entre sus manos curtidas y serenas, la sacudió disponiéndola cerca de su oído, sus ojos se elevaron al cielo para prestar más atención. Repitió la acción un par de veces más y se decidió a abrirla.
Un fogonazo de luz le cegó unos instantes y de pronto ante sí, en el extremo opuesto de su pequeño bote, un genio maravilloso le miraba sonriendo. Parecía salido de un cuento de esos que le acompañaban en las noches de invierno. que u
El genio no se anduvo con preámbulos; le dijo al pescador:
-Es hermoso volver a ser libre de nuevo. Te agradezco que me hayas sacado de mi encierro y, por ello, te concedo tres deseos. No te demores demasiado, tengo mucho que hacer. Dime, ¿cuál es tu primer deseo?
El pescador, acostumbrado a contemplar la inmensidad del cielo y del mar, reflexionó unos instantes antes de responder.
-Me gustaría… -dijo sonriendo- que me hicieras lo bastante inteligente y claro, como para hacer una elección perfecta de los otros dos deseos…
El genio, sorprendido y feliz de poder devolver el favor al buen pescador, cerró los ojos y extendió sus manos cubriendo con su luz el cuerpo de aquel hombre.
-Hecho está -susurró-.
El pescador abrió los ojos y contempló su entorno.
-Y ahora -dijo el genio-, ¿cuáles son tus otros dos deseos?
El pescador reflexionó un instante, sonrió y dijo:
-Muchas gracias, genio, no tengo más deseos.
El genio se disolvió en una bruma y el pescador comenzó a remar hacia la orilla.

CORAZÓN

En El Cuenco De Baubo hemos estado viajando en el libro Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Es una experiencia trascendente y profunda cuando se hace en manada. Por ello, queremos compartir con ustedes unas de las reflexiones de esta autora, a propósito de la vida en femenino.
“La diferencia entre vivir desde el alma y vivir sólo desde el ego radica en tres cosas:
– La habilidad de percibir y aprender nuevas maneras.
– La tenacidad de atravesar senderos turbulentos.
– La paciencia de aprender el amor profundo con el tiempo.
Sería un error pensar que se necesita ser un héroe endurecido para lograrlo.
No es así.
Se necesita un corazón que esté dispuesto a morir y nacer y morir y nacer una y otra vez.
Ser nosotros mismos nos causa ser exiliados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exiliarnos de nosotros mismos”
 Clarissa Pinkola Estés

LA SOSPECHA

Por Ana Barrios Camponovo

Es fría la Sospecha.

Racional, la Sospecha.

Obsesiva y cortante, la Sospecha.

Se afila todo el tiempo, la Sospecha.

Olvida en un instante, la Sospecha,

lo  bello, la emoción, la alegría.

Es voraz, la Sospecha.

Suspicaz, la Sospecha.

Se mueve de puntillas, la Sospecha.

Hermana de la ofensa, la Sospecha

sube a su retorcido pedestal.

Irónica e hiriente, la Sospecha,

hace girar la piedra de molino.

Si un día entra en mi casa,

la llevaré del brazo hasta el portal:

¡que le dé el sol!,

¡que el viento la remueva!,

¡que la lluvia la moje…!

La he visto:

tiene los ojos secos, la Sospecha.

Cheng Baohong

Cuento chino, recreado por Ana Barrios Camponovo

Un hombre perdió su hacha y sospechó del hijo de su vecino. Observó la manera de caminar del muchacho. “Exactamente como la de un ladrón”, se dijo. Observó la expresión del joven: entrecejo fruncido, sobresaltos, girarse para mirar a sus espaldas, nerviosismo. “No hay duda, son los gestos de un ladrón”, musitó indignado. Observó también su forma de hablar de apariencia segura y desenfadada. “Disimula como un ladrón”, bufó con malicia. “Todos sus gestos y acciones lo denuncian, ¡es culpable del hurto!”, pensó, apretando los dientes con rabia, “Lo denunciaré”.

Pero, más tarde, el destino quiso que sus pasos le condujeran al camino que bordeaba el sitio donde había olvidado su hacha. La vio y un escalofrío recorrió su espalda. Allí estaba, donde él mismo, en un descuido, la había dejado.

Después, cuando volvió a ver al hijo de su vecino, todos los gestos, todas las palabras y todas las acciones del joven, parecían muy, pero muy diferentes de los de un ladrón…

¿BUENA SUERTE? ¿MALA SUERTE?

Cuento chino, recreado por Ana Barrios Camponovo

El señor Lu era un campesino chino. Los campesinos en China, como en casi todas partes, tienen una vida dura y una economía ajustada. La contemplación de la naturaleza había otorgado al señor Lu una sabiduría profunda, de pocas palabras. Convivía con su mujer y con su hijo, a quien apreciaba especialmente. El tercer integrante de la familia era un caballo experto en tirar del arado. Un día, el hijo que ya era un joven fuerte y sano, entró corriendo a la casa y gritó, agitado aún por la impresión:

-¡Padre, ha sucedido algo terrible! ¡Se escapó el caballo! ¡Qué mala suerte!

-¿Mala suerte? -respondió el señor Lu-. Habrá que verlo… -El campesino se encogió de hombros y siguió haciendo sus cosas.

Días después el joven vio venir hacia la casa una pequeña manada de caballos.

-¡Padre! ¡Padre! -llamó- ¡qué buena suerte hemos tenido! ¡Ha regresado nuestro caballo y con él vienen muchos!

-¿Buena suerte? -sonrió el padre levantando los hombros- Habrá que verlo… 

En la manada había un caballo hermoso, joven, de pelo reluciente y elegante paso. Después de observarlo varios días el muchacho quiso montarlo, pero el caballo no estaba domado y le hizo volar por los aires con tal fuerza que el joven se quebró una pierna.

¡Padre, qué mala suerte! ¡Se me ha roto la pierna! 

El padre salió a su auxilio y, cargándolo a su espalda, dijo:

-¿Por qué hablas de mala suerte? Habrá que verlo…

El muchacho no comprendía muy bien a su padre y empezaba a desconfiar de su criterio. En la cama con la pierna entablillada no paraba de lamentarse y de pensar en su mala suerte. Pocos días después llegaron a la aldea enviados del emperador; buscaban jóvenes para llevárselos a la guerra.

Pasaron para llevarse hijo del señor Lu, pero lo encontraron en la cama con su pierna rota y se marcharon. Esta vez el muchacho no dijo nada. El señor Lu se acercó a su cama y con una sonrisa susurró… ¿Mala suerte? ¿Buena suerte? Habrá que verlo… Esta vez, el joven comprendió las palabras de su padre.

La desgracia o la fortuna nunca son absolutas. “Hay que verlo”, sugiere el señor Lu. La vida da tantas vueltas, y es tan paradójico su desarrollo que, muchas veces, lo malo se hace bueno. El sabio señor Lu nos enseña el arte de la espera y de la confianza. El señor Lu sabe que todo lo que nos sucede trae un mensaje. Si matas al mensajero antes de preguntar, te pierdes el mensaje. Si acoges al mensajero y lo dejas estar, pronto sabrás qué te quería decir. Si confías de verdad en la vida apostarás por la luz y, tarde o temprano, ésta espantará toda la potencial oscuridad.

EL HOMBRE IRACUNDO

Un cuento publicado en EL CAPI

Era un hombre que, con frecuencia, padecía accesos de ira incontrolada, así que decidió ir a visitar a un sabio que vivía en la cima de una colina para que le aconsejara. Cuando llegó hasta el sabio le dijo:

-Tengo fuertes ataques de cólera y eso hace muy desgraciada mi vida y malogra mis relaciones con los demás. ¿Puedes ayudarme?

-Antes que nada –dijo el sabio-, es importante que quieras superar la ira, pero para aconsejarte mejor necesito que me la muestres.

-Pero ahora no tengo ira –dijo el visitante.

-Pues cuando tengas ira, ven a verme y así la veré.

El hombre volvió a su casa y días después fue asaltado por un acceso de ira, por lo que volvió a visitar al sabio.

-Bien, muéstrame la ira –dijo el sabio.

Sin embargo, durante el viaje se le había pasado.

-Ahora no la tengo. Ya se me ha ido.

-Es que has venido muy despacio. Cuando te sientas airado, ven más rápido.

Pasados unos días, el hombre sufrió otro fuerte ataque de cólera. Recordando la recomendación del sabio, comenzó a correr cuesta arriba hacia la cima de la colina. Llegó agotado hasta el sabio, pero la ira había desaparecido. El sabio le dijo:

-Esto no puede seguir así. Otra vez vienes a verme sin ira. Corre más rápido. Trata de subir más deprisa.

Cuando la cólera volvió a hacer presa del hombre de nuevo, salió en estampida hacia la cima de la colina para mostrársela al sabio. Al llegar, tras una penosa y extenuante ascensión, oyó que el sabio le decía:

-A ver, ¿dónde está la ira?

Ya no sentía ira. Esta operación se repitió varias veces. Por fin un día el sabio le dijo:

-Creo que me has engañado. Si la ira formara parte de ti, podrías enseñármela. Has venido una docena de veces y nunca has sido capaz de mostrarme la ira. Te atrapa en cualquier momento y con cualquier motivo y luego te abandona. No vuelvas a dejar que la ola de ira te envuelva. La ira no te pertenece.

El hombre no se dejó atrapar nunca más por la ira y así recobró la paz interior.

A TRAVÉS del REFLEJO

Noviembre 2014 

Ana Barrios Camponovo

ilustración AnA

ilustración AnA

Nubes grises pasan majestuosas… el cielo está demasiado alto, hoy, para mí…

Una flecha de patos se dibuja en el cielo. Me gustaría ser uno de ellos. ‘Volar aventuras’ suena más bonito que ‘correr aventuras’.

A ras del suelo, mis zapatos gastados en las puntas me recuerdan que, conmigo y a todas partes, viene la niña. Ha jurado que nunca más confiaría en los adultos, por eso habla poco. Cuando lo hace, no la escuchan. Ha comprendido que el mundo es como es, no como a ella le gustaría que fuese. Pero, ¿de qué manera debería ser el mundo? O, ¿cómo le gustaría ser a ella?

Distraídamente silenciosa, escuchando el eco de mis pasos adultos, me sorprende un extraño reflejo. Llega desde el muro de una de las pocas casas antiguas que van quedando en la ciudad. Me detengo. ¿Será el reflejo de una ventana abierta? Hubiese jurado que era un espejo lo que vi por el rabillo del ojo. Retrocedo unos pasos y confirmo que es un espejo. Sonrío; ¡un espejo en la calle de un barrio cualquiera! ¡Qué absurda ocurrencia! ¡Quién lo habrá colocado ahí! Y, ¿por qué extraño milagro ningún vándalo lo ha roto?

Me aproximo con cautela, como si desde el cristal fuera a saltarme un tigre o pudiera atropellarme un coche que saliera repentinamente de su interior a toda velocidad. ¡Qué tontería!… ¡Qué extraña sensación! Me avergüenzo de mis ideas y miro con disimulo a mi alrededor. No hay nadie. ¡Qué alivio!

En silencio, ralentizado el tiempo, me inclino para verme, y sin más, comienzo a escuchar el bullicio de gentes, coches, pitidos, motos… Juraría que esa jungla sonora se corresponde, al menos, con una ciudad de India… Volteo a mirar a la calle. No hay nadie. Todo sigue silencioso…

Giro la cabeza hacia el espejo y cuando mis ojos dan en el cristal, se abre un mundo de guerra, de bunkers de disparos, de civiles sangrando, de gestos de dolor… Me agacho, me sobrecojo, quiero huir. Por la calle veo venir a una mujer caminando tranquilamente, y hablando por su móvil… Pasa frente a mí como si yo fuera invisible. Va tan inmersa en su mundo que ni siquiera ve el espejo. ¿Existirá el espejo?, ¿o será que solo yo lo veo…?

En un acto irracional regreso al espejo y, sin querer mirar, veo una selva en calma. Sonrío fascinada; era uno de mis sueños viajar al Amazonas. Escucho cantos de pájaros, respiro la humedad, la oscuridad-penumbra dibujada por esos árboles centenarios… El bullicio de la vida hace vibrar dulcemente la tierra. De pronto todo se agita y se queda en silencio. A lo lejos, algo avanza. Me siento amenazada, allí, en la espesura angustiada de la selva.

Aún lejos, un zumbido ensordecedor parece arrasar con todo lo que encuentra a su paso. Se aproxima. Un destello amarillo basta para que reconozca una monstruosa retroexcavadora que va tirando árboles gigantescos y hermosos… Caen a plomo como resignados, llevándose consigo la floresta más pequeña. Quedo paralizada. Escucho gritos de hombres, gritos de mujeres y gritos de niños. Semidesnudos corren alrededor del gigante destructor, queriendo detenerlo… Escucho disparos… Giro sobre mis talones cerrando los ojos. Cuando dejo de jadear, comienzo a percibir otra vez el silencio. Ese silencio de calle de barrio en tarde de domingo; la hora de la siesta… No me atrevo a quitarme las manos del rostro, confundida por el espanto, me tambaleo y retrocedo. Mi espalda toca el cristal frío…

-¿Hola, puedo ayudarte? –escucho que me dice una voz masculina.

Lo que vieron mis ojos fue el peor reflejo de mi vida… ¡El gordo Ezequiel…!, ¡Pero qué hace en esta calle que, al fin y al cabo, es mi calle! ¡Qué hace aquí este el idiota de mi compañero de trabajo! ¡Qué hace aquí este trepa! ¡Este torpe y soberbio…! Todo esto me pasó por la cabeza en un segundo, cuando vi sus ojos asombrados hundidos en rostro sudorosa y regordete. No imagino mi gesto, sólo sé que ante el riesgo de que se acercara, farfullé.

Estoy bien, gracias. No necesito nada… Y le di la espalda. Él se veía confuso y extrañado.

Hasta mañana. Musitó siguiendo su camino.

Adiós. Le dije, deseando que nunca llegara mañana. Rogando que desapareciera de mi calle en la próxima esquina, y de paso, que desapareciera definitivamente de mi vida. Que se borrara su presencia de esta insólita tarde de domingo, ¡que era mía y no de él!… O, ¿sí lo era? Quizás también esta tarde y esta calle, ¿era de él? Pero, ¿el espejo? ¡No!

Mascullando, irritada, no me había dado cuenta de aquel sonido familiar que lo invadía todo… Levanté la cabeza y… vi el mar. ¡Qué forma tan perfecta e instantánea de cambiar de dimensión!

Una sonrisa encendió mis labios, al tiempo que pequeñas esferas traslúcidas rodaban sobre el cristal majestuosamente calmo. Ahí estaba el mar adornado de cielo y arena. Ahí estaba su rítmico canto, su profundo brío azul, turquesa, añil. Ahí, el movimiento rítmico e imprevisible que tanto he amado a lo largo de mi vida. La brisa, suave y delicada, parecía invitarme a pasar. Todo se hacía unidad en el mar: lo inconmensurable, la nada, las estrellas, el sexo, los peces, los mamíferos, el nacimiento, la muerte, lo profundo y lo superficial. ¡El mar era el Misterio con mayúsculas!… Todo vibraba en él. Nada en él era abarcable. Todo en él era incertidumbre.

Inspiré el profundo aroma de la sal, saboreé el yodo, parpadeé la humedad generosa de las arenas. Dejé mis zapatos gastados en las puntas; les di las gracias y di un paso. Sin resistencia alguna atravesé el cristal.

Ella lloraba serena y sonreía… Nos tejimos una a otra en abrazos con hilos de ternura. Nos besamos soplo a soplo hasta reanimarnos. Sentí todo el mar que le debía. Resucité.

Juntas, habíamos despertado del sueño.

Escribir es una vía de liberación, una forma de ampliar horizontes, un puente hacia los otros “otros” que también somos. La necesidad de escribir nace de forma caprichosa, como el árbol de tronco retorcido que nace de una semilla que, quién sabe cómo, fue a parar a lo alto de un peñasco. Su virtud es que, de un tronco imperfecto nadie busca hacer leña.

Compartir lo que se escribe es una forma de comunicación. Siembras un cuento como quien lanza una semilla a la tierra y sigues camino. No te detienes a ver si crece y fructifica. El riego corresponde al Misterio. ¿Quién sabe?, cuando retornes a ese origen -uno de tantos, casi infinitos– te encuentres con la sombra de aquella semilla hecha fronda generosa y, silenciosamente, te ofrezca su cobijo.

LA PIEDRA
Y LA ESPUMA DE MAR

DSC00676 

AnA Barrios Camponovo,

octubre 2014 

 

Como casi todas las personas que se hicieron adultas y maduras, un día renegué de la inocencia. Me avergoncé. La enterré, y olvidé dónde. De tan seria y adulta, las comisuras de mis labios cayeron presas de la gravedad. Me volví como una piedra, y como piedra que era, una tarde me tiraron al mar. Casi no me percaté de que mi cuerpo se hundía sin remedio. Se congeló el tiempo…

¿Cuántos siglos, cuántas vidas, cuántos instante eternos estuve inmersa en el mar como una piedra? Tantos trastos van a parar al mar… Y yo que me convertí en piedra por propia elección, allí estaba… más seria que un empleado de casa funeraria, más dura que la vía de un tren, y todo porque la vida es dura y la inocencia es pa’ los niños y pa’ los tontos

Pero un día, sentí que el mar me movía, y sin darme cuenta y sin dejar de ser piedra, me descubrí contemplando esa luz tenue que, allá arriba, lejos, como un ensueño, acariciaba con sus matices la superficie. Repentinamente, vi pasar un pez y me asombré… Fue como si alguien hubiese descorchado la botella lanzada al mar por un naufrago. Sentí mi cuerpo desbordado de vida y comencé a mirar mi entorno…

Si no fuera piedra –me dije– juraría que se me han erizao’ ¡todos los pelos! Me encontraba rodeada de piedras que no se movían. Mientras yo rodaba de aquí hacia allí, las otras ni un gesto hacían, me recordaron a mí… Si no fuera porque estaba en el fondo del mar y era una piedra, me hubiese gustado llorar… En vez de eso se me ocurrió comenzar a agradecer. Di gracias al pez que ya no estaba. Di gracias al lejano reflejo. Di gracias a las algas que se dejaban acariciar por las corrientes. Noté que me estaba emocionando aún siendo piedra. Y de pronto comenzó el dolor. Algo punzante se clavaba en mi carne de piedra. Cerré los ojos y sentí mi alma dolorida clamar desde algún sitio. Perdón, susurraron mis labios,  perdón por haberte convertido en piedra… El mar con su movimiento continuo me zarandeaba de tal manera, que no tuve ni tiempo de echarme a atrás… De mi cuerpo comenzó a brotar en torbellinos la inocencia y de su mano, recién nacida, vino la primera sonrisa…

¡Que no tengo ganas!, decía la piedra que aún vivía en mí… ¡Que no me da la gana!, gritaba desde lo profundo…

Pero el mar me movía como una madre o un padre que juguetea con su pequeña niña o su pequeño niño sobre la cama… El mar me sacaba la sonrisa y me regalaba el asombro de ver cómo giraba todo… Girándome y moviendo mi cuerpo de piedra, las olas permitieron que brotaran mis sentires. Girándome y moviéndome, mis sentires y emociones redujeron la piedra hasta hacerla desaparecer. Las corrientes me balancearon hasta hacerme perder la consciencia de piedra y, cuando desperté, vi convertido todo mi ser en espuma de mar. Era espuma de mar movida por el viento… En la orilla reflejaba el cielo con sus nubes. Por las noches titilaba con las estrellas.

Un día, en medio del gozo de ser cumbre de ola, o estertor de espuma estrechándose a la arena en la orilla, me vi mujer de espuma… Mi corazón marcaba el ritmo de las olas de un mar en calma. En mi frente se desperezaba una estrella de mar. Mis cabellos eran algas que ondeaban con la brisa… ¡Y mis ojos!, ¡ay mis ojos!… eran manantiales de agua de mar, por los que se deslizaban  un grupo de delfines juguetones… Mis ojos habían recuperado la inocencia de ser agradecidos, de mirar sin juzgar, de ver sin esperar, de crear a partir de la nada.

Mis ojos de humor de mar me permitieron asombrarme cuando vi a ese hombre de espuma de mar que se acercaba de forma natural y, sonriendo, acompasaba sus pasos a los míos.

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7 pensamientos en “Cuentos

  1. Me encanta la sospecha, pero la verdad me encanta todo lo que escribes, y lo que compartes no es un cuento chino, es neta

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  2. Las caricias del mar, y el darse cuenta de la luz, los ojos de el amante en sus infinitas formas de belleza, y ser agra de si da!, ablanda, modela sin moldes, y puede transformar- se en tiernas burbujas del aire-viento de la vida…!!! , ruedas, vueltas todas del Amor. Gracias!

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  3. Waooo me encantó. Viva la inocencia !!!!! y los espejos susurrantes. Mercurio en su función comunicación !!!!!

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  4. Me encanta cuando atravesando el cristal se une el interior con el exterior y ya no hay fronteras.
    Cuando ya no formas parte si no eres parte y todo es, sin reflejos proyecciones, inmiscuidos en el misterio del mar, que es la vida.

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    • Es la transparencia lo que permite que te veas. El reflejo del espejo te desnuda. Cuando tu pupila se mira en esa otra pupila que, parece ser la tuya, cuando te sumerges en ese orificio dinámico y sin fondo, éste se comporta como una puerta dimensional. Todo lo que habita en el reflejo eres tú… ¡Gracias Julia! por tu comentario nutritivo y poético. AnA

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